I do not know much about gods; but I think that the river is a strong brown god — (T.S Eliot, “The Dry Salvages”)

I do not know much about gods; but I think that the river is a strong brown god — (T.S Eliot, “The Dry Salvages”)

Esas pequeñas cosas que hacen tu día cuando eres escritor

Esas pequeñas cosas que hacen tu día cuando eres escritor

Reseñas de Codigo: Indra (2013) en Amazon: Un clásico instantáneo de la cultura pop  21 de enero de 2014 Por David R. QuirascoRuy Xoconostle reafirma ese estilo pop “tan suyo” con esta segunda entrega de Hackers de Arcoiris. Te lleva de la mano a lo largo del libro con ese lenguaje contemporáneo entremezclado con el nadsat de Anthony Burgess y toques de spanglish, japonés, onomatopeyas y hasta…

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Hackers de arcoíris 2: aparte su copia

Básicamente, cada libro de Hackers de arcoíris tiene dos ediciones: la versión digital y la impresa. El pasado 31 de octubre se puso a la venta la edición Kindle de Código: Indra, el acto intermedio de mi trilogía de telépatas veracruzanos badass vs sicarios metahumanos yonquis suburbanos. En enero comencé a trabajar en la edición Lulu y me da gusto anunciar que, bueno, ya está lista.

Como goody,…

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Kurt Cobain: no apologies

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Escribo esto porque mañana se cumplen 20 años de la muerte de Kurt Cobain y porque fui muy joven en los noventa y me tocó vivir el Nirvana craze. Creo que me gustó el Sonido de Seattle (ya saben, Nirvana, Pearl Jam, Soundgarden, Alice in Chains, esencialmente) porque mi afiliación musical era predominantemente “rockera”. A principios de esa década el glam rock hair metal tuvo su última…

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He llorado en dos conciertos solamente, y uno de ellos fue anoche en el Vive Latino con Arcade Fire. Las lágrimas se escurrieron en “Neighborhood #1 (Tunnels)”, a la que siguió “No Cars Go”. Toda la energía de una banda que llevas diez años siguiendo y que nunca habías visto en vivo conectándose con una parte extraña y un poco escondida de tus emociones. Para mí, ese es el significado de los conciertos. Por eso, cuando veo a una banda de la que no soy fan, me concentro en los fans. De eso se trata. Si no nos conectamos, estamos solos. Si estamos solos, estamos muertos. La música en un espectáculo masivo que nos hace sentir lo opuesto, nos hace sentir increíblemente vivos. Quizá porque estamos increíblemente conectados.

Pero ese es el momento. Cuando baja la emoción y sales del lugar y caminas y te subes al taxi o al camión y vuelves a tu casa y a tu vida, algo de eso queda adentro de ti. Es una energía que te transforma. Los mejores conciertos de mi vida, al final, han sido experiencias que me han hecho una mejor persona. Estoy pensando en cuando vi acompañado de mi hermano a U2 en el Zoo TV Tour en el Texas Stadium en Irving, Texas, en 1992 –yo tenía solo 19 años y pensé: “Lo mío es el rock”. No quería dedicarme a tocar o ser vocalista de una banda, lo estaba pensando más en el sentido joseagustinesco de la palabra. El rock como esa energia de juventud que es potente y creativa y que parece no tener fin. Ver a Pixies en 2010 en el Corona Capital derrochando ese poder en el escenario, me hizo cuestionarme qué tanto estaba yo dedicando mi tiempo a las cosas que verdaderamente me hacían feliz. Luego de ese concierto logré escribir y publicar dos novelas más.

Pero además de la energía entre el arte de la banda y el individuo, está la energía colectiva. El año pasado fui a Lollapalooza y sentí justo esto: la vibra de la música y la gente, una danza de energía anónima que es infinitamente más grande que uno. Es la vida misma.

Ahora no hablo ya de rock porque la música popular ha cambiado y lo que antes llamábamos “rock” ha sido engullido por docenas de géneros que son más complejos y ricos y que han cambiado por completo el ecosistema músicos vs fans. Pero es la misma energía. Ayer Arcade Fire la desplegó con sudor y tonterías en el escenario. Win Butler en su papel de clásico frontman y Régine Chassagne (su esposa, 36 años), quien primero salió con un sarape estilo la bandera de México meets la Virgen de Guadalupe, como una loquita bailando en el escenario o tocando la batería o la marimba. Y Richard Parry, quien iba disfrazado con un saco rojo y corbata de moño, ofreciendo su agradecimiento al público con un “we’re honoured”. Uff. Cerraron con “Wake Up”, un himno de la banda que logra la peor de las subversividades: el título de la canción sugiere una idea cristiana y el coro es una especie de gospel, pero la letra no tiene referencias cristianas, es más bien universal, habla sobre la inocencia y la urgencia de cruzar el umbral de la infancia a la edad adulta sin perder el mojo vital: “Children wake up / Hold your mistake up /Before they turn the Summer into dust”. Y a la vez, no pude dejar de pensar que miles de idiotas estábamos llorando o al borde de las lágrimas alzando las manos como si aquello fuera una misa y le estuviéramos cantando al Creador. Cuando todo acabó, mucha gente estaba llorando, abrazándose, felicitándose por haber compartido ese momento juntos. Pocas bandas provocan eso. Arcade Fire provoca eso.

Anoche: Arcade Fire He llorado en dos conciertos solamente, y uno de ellos fue anoche en el Vive Latino con Arcade Fire.

Capitán América y el Soldado del Invierno

Lea mi review de “Capitán América y el Soldado del Invierno”

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(Con algunos pequeñísimos spoilers)

A sus 95 años, el Capitán América ha dejado de ser un noño. Ya era hora. No lo culpamos, pues aquel buen Steve Rogers, el rubio héroe de la Segunda Guerra Mundial, se formó en una visión dual del mundo, donde los Aliados representaba a ”los buenos” y el Eje a ”los malos”, se peleaba por la libertad o por la tiranía, se era un patriota o un traidor. La numerosa…

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Noé

Lea usted mi reseña de “Noé” de Darren Aronofsky ->

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¿Russell Crowe en “Gladiator: 20 Years Later” o en “Noah”? Usted decida.

El arranque de Noah es un gran WTF sobre el mito creacionista, ángeles que parecen extraterrestres –porque cuando uno piensa un poco en todo el tema seráfico, es inevitable pensar en seres extraterrestres de conciencias más avanzadas–, civilizaciones olvidadas en el tiempo, un Matusalén que parece sacado de El Señor de los…

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Los perfectos 27, Lena Dunham y el adiós a Wonderland

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El párrafo completo es: “La mejor edad, la flor de la vida, viene a los veintisiete. Es la edad perfecta. Te sientes relativamente lejos de la crisis de los treinta, pero los traumas de acomodamiento al nuevo orden social han pasado. Es el mayor momento de creatividad, inteligencia y, en algunos casos, vigor físico. Steven Spielberg tenía veintisiete años cuando filmó Tiburón. Los perfectos veintisiete años”. Yo escribí esa frase a los 27 años, y la puse en un libro.

El nuevo orden social al que refiere es, por supuesto, la salida de la universidad y el shock de descubrir un mundo que intuyes es terrible, aburrido y lleno de realidad. Algunos de estos críos recién desempacados de la carrera pueden seguir prolongando el encantador sueño de opio que supone la educación universitaria, y pasan sus días entre memes, Netflix, alcohol, mota, festivales de música y, claro, la búsqueda de un empleo remunerado donde puedan desempeñar todo aquello para lo que fueron instruidos. Algunos, los menos, mezclan estas actividades tratando de scorear una maestría, que muchas veces es una manera elegante y sofisticada de justificar la extensión de la fiesta estudiantil. Pero son solo algunos, por supuesto, pues no todos gozan de la beca paterna. De hecho, son muy pocos en realidad los que gozan de este beneficio social. Otro cacho más considerable de ese pastel llamado Padres De Un Veintiañero Recién Salido De La Universidad, a lo más que llegan es a soportar al crío viviendo en casa, manteniendo el refrigerador y la alacena llena, y la ropa limpia y las camisas planchadas. La búsqueda del empleo y, qué mejor, la consecución del empleo, sostienen esta beca parcial. Y más en esta podrida economía, donde pagar una renta es una locura cuando ganas poco dinero Y TE EXPLOTAN (laboralmente hablando, claro). Los trainees son ese ejército de recién graduados que representan la carne de cañón de las empresas. Y la vida vaya que es dura para un trainee. Un coctel formado por habilidades personales, networking y una educación en una “buena” universidad (depende del área de expertise, claaaaro) permiten al trainee subir o no al siguiente escalón.

Así empiezan realmente los veintitantos. Porque nadie en su sano juicio creería que cumplir 20 años y empedar en la escuela es realmente formar parte de los veintitantos. No: la universidad es una especie de adolescencia con privilegios. Puedes usar drogas y alcohol, coger con quien puedas (de preferencia con condón) y hacer como que estudias y eres responsable. La vida parece interminable (lo cual es maravilloso e hipnótico), a pesar de que los semestres pasan y cada uno que termina es solo la señal de que EL FIN ESTÁ CERCA. No, no, no: los verdaderos veintitantos comienzan cuando pones un pie afuera en ese mundo aburrido y lleno de realidad. Es el mundo de los adultos. Los nuevos adultos, o adultitos, se unen a las filas laborales, algunos se tienen que poner corbatas y, los más afortunados, entran de lleno al business casual. Lo cierto es que ambos lados de la moneda (los que estudiaron leyes vs los que estudiaron comunicaciones) se uniformizan con otros miles de vatos recién graduados en el anonimato de la productividad, en un intento por adaptarse a las costumbres y a la seguridad de la masa, a lo que Erich Fromm llamaba sentirse “salvado de la temible experiencia de la soledad”. En este estado anti-ermitaño, si es que lo adoptamos, comienzan a transcurrir los veintitantos, el mundo de los adultos y de los “adultitos”: aprendiendo a jugar el juego de hacer lo que se espera que uno haga.

Al salir de la prepa, piensas que no tendrás mejores amigos que los que hiciste ahí. Al salir de la universidad, piensas que no tendrás mayor intensidad que la que obtuviste ahí. Pero lo cierto es que al transcurrir los veintitantos, la amistad cobra un sentido más profundo, igual que el sexo, y el amor. Y tampoco es como que dejes de fiestear… la vida sigue, la mente se expande, el corazón crece. Los significados son más grandes. Al no verse confinadas por la escuela, las relaciones adquieren un valor entrañable. No te unen los exámenes finales ni la peda en viernes, sino la identidad en común con las situaciones, con las ideas, con los valores. O con burlarse de los godínez similares que cada quien tiene en su respectiva oficina.

Cuando terminaba de ver la temporada uno de Girls, caí en cuenta de por qué la intensidad de los veintitantos. Amé la precisión de los diálogos escritos por Lena Dunham, quien pienso es una de las portavoces de esta generación (y quizá sea sintomático que se trate de una portavoz con sobrepeso, lo cual la hace triplemente más interesante), y también una escritora heavyweight (no pun intended) por cómo se refiere al amor con líneas como “I just want someone who wants to hang out all the time, thinks I’m the best person in the world, and wants to have sex with only me” o a las realidades laborales con frases como “You know what the weirdest part about having a job is? You have to be there everyday, even on the days you don’t feel like it”. Amo a Lena Dunham en esta primera temporada de Girls porque en mi corazón amo a los Millennials, esta generación obsesionada con el selfie, el Whatsapp, la música pop sin compromiso social, el Smartphone y la necesidad de no ser dueños de una propiedad o un auto. También odio en mi corazón a los Millennials, quizá porque tengo 41 y fui GenXer, y porque me hacen recordar que en el fondo Winona Ryder, Ethan Hawke y Ben Stiller en Reality Bites, una de las dos mediocres comedias románticas que definieron a la Generación X (la otra sería Singles), querían lo mismo que Hannah, Marnie, Jessa y Shoshanna: dinero para booze, un cuerpo calientito para pasar la noche y el reconocimiento de que a tus veintitantos quizá no estás tan idiota como el resto del mundo piensa.

Todo es intenso a los veintitantos porque todo parece suceder simultáneamente. Las expectativas (amor, trabajo, dinero, familia), el romance loco y desenfrenado (inevitablemente intercalado con desamor loco y desenfrenado), la fiesta interminable, la amistad que une poderosamente tus ideas como nunca, las primeras experiencias laborales… todo ello se ve alimentado por esa poderosa droga que surge de la confusión del adolescente que estás dejando de ser mezclado con el adultito en el que te estás convirtiendo. Con un poco de suerte, el dinero comienza a fluir, puedes viajar, puedes consumir, puedes imaginar, planear, soñar tantito. Con un poco de suerte, comienzas a disfrutar el momento, sin importar que estés “dancing on your own”. La vida veintiañera no es tan mala. Un veintiañero empedando en lunes es considerablemente menos triste que un tipo de cincuenta y tantos empedando. Tienes permiso de ser un poco inexperto. Tienes permiso de tener hambre por más.

Vuelvo a la frase. A los perfectos 27. A aquella crisis del estudiante nuevo en el mundo de los adultos que se difumina, al momento en el que todo cobra sentido. Spielberg filmó Tiburón a los 27, claro. IMAGÍNENSE. Tienes 27 y se aproximan los treinta y tantos, la década donde la gente se ve “obligada” a tener éxito, a tener hijos, a ser más productivos que nunca, a ser serios y maduros, a convertirte en lo que tus padres esperaban de ti… todo ese paquete de pendejadas. Cuando eres estudiante, como decía, la vida parece interminable. Después de todo, empiezas a estudiar muy joven y así sigues durante un par de décadas… es duro dejar eso atrás. Los veintitantos, en cambio, pasan muy pronto: apenas estás aprendiendo a despedirte de Wonderland cuando ya tienes encima el mundo de los adultos. Los veintitantos son una cápsula de intensidad, y los 27, los perfectos 27, son la cúspide de esta etapa de amor, estupidez e “inexperiencia educada”. Crees que nunca te vas a sentir más vivo, crees que nunca vas a volver a tener permiso para equivocarte, sentir lo que sientes, hacer lo que haces…

Pero te equivocas. Porque entonces llegan los 28. Sí, los treinta y tantos ahora están un año más cerca, pero, de alguna forma, también los cuarenta y tantos, y los cincuenta y tantos… algo que no podías ver antes se expone claramente: el resto de tu vida está frente a ti. Si sabes leer las claves, sabrás que a los 28 tu vida, llena de posibilidades, está frente a ti. Y apenas está empezando. Eres joven, pero ya no eres TAN joven. Y aunque has decidido decirle adiós a Wonderland, de alguna forma siempre tendrás un pie en Wonderland. Peter Pan y Wendy nunca se van del todo, simplemente hacen lo que tienen que hacer en este nuevo mundo. Y de nuevo, se abre el horizonte. Es un paisaje épico, de hecho. Te seguirás equivocando, sí. Seguirás sintiendo cosas, sí, pero crecer cada vez dolerá menos. Claro, siempre habrá un adolescente treintañero, o un “40 year old trainee”, pero por supuesto este post no es para ellos.

No, este post es para mi persona favorita en el mundo entero. Mi persona favorita en el mundo entero se llama María Elisa, y hoy cumple 28 años. Hoy empieza tu vida. Como no sirve de nada pensar en el pasado, prefiero sentir nostalgia por el futuro: imaginar lo que serás en cinco años, diez años, veinte años. Quiero estar ahí, ver eso.

Pero hoy es hoy. Felices 28. Ya habrá tiempo de platicar del futuro.