Here, as before, never, so help you mercy,
How strange or odd some’er I bear myself—
As I perchance hereafter shall think meet
To put an antic disposition on—
Greed has poisoned men’s souls; has barricaded the world with hate; has goose-stepped us into misery and bloodshed. We have developed speed, but we have shut ourselves in. Machinery that gives abundance has left us in want. Our knowledge has made us cynical; our cleverness, hard and unkind. We think too much and feel too little. More than machinery we need humanity. More than cleverness, we need kindness and gentleness. Without these qualities, life will be violent and all will be lost. The aeroplane and the radio have brought us closer together. The very nature of these inventions cries out for the goodness in man; cries out for universal brotherhood; for the unity of us all.
El hecho más lamentable en relación con la censura literaria en nuestro país ha sido principalmente de carácter voluntario. Las ideas impopulares, según se ha visto, pueden ser silenciadas y los hechos desagradables ocultarse sin necesidad de ninguna prohibición oficial (…) Pero esta misma clase de censura velada actúa también sobre los libros y las publicaciones en general, así como sobre el cine, el teatro y la radio. Su origen está claro: en un momento dado se crea una ortodoxia, una serie de ideas que son asumidas sin discusión alguna. No es que se prohíba concretamente decir “esto” o “aquello”, es que “no está bien” decir ciertas cosas, del mismo modo que en la época victoriana no se aludía a los pantalones en presencia de una señorita. Y cualquiera que ose desafiar aquella ortodoxia se encontrará silenciado con sorprendente eficacia.
El día que perdió el PRI y otras añoranzas
En la casa en la que crecí había todo tipo de lecturas, empezando por algunos libreros retacados de volúmenes de literatura clásica (Balzac, Víctor Hugo, Tolstoi) y enciclopedias (una Gran Sopena y el salvajemente popular Tesoro de la Juventud). Pero lo que más recuerdo es que mis padres eran ávidos lectores de publicaciones periódicas: en los 70 y 80 el Excélsior no faltaba en la casa. Yo leía los “monitos” del suplemento de tiras cómicas dominical. Mutt y Jeff, Rabanitos, Educando a Papá, Nunca falta alguien así… me tocaría heredar de mi hermano la costumbre de leer cómics por virtud de Archie, La pequeña Lulú, una colección prestada de La familia Burrón y, un poco después, los cómics de Marvel cuando Todd McFarlane y Erik Larsen gobernaban el universo.
Mis padres también leían revistas. Ejemplos: Selecciones de Reader’s Digest, Los Supermachos y Los Agachados de Rius, y una especie de revista alternativas de moneros y sátira política titulada La Garrapata (en algún post hace unos años hablé de ella). También una revista de fenómenos paranormales y conspiraciones, Duda: lo increíble es la verdad. Pfff. Además, leían la revista Siempre! y Contenido. El formato de Contenido era “pocket” (¿media carta, quizá?), una mezcla entre temas políticos y actualidad —aunque no podía ser tan actual porque no era un semanario. Solía contener “novelas condensadas”. 50 o 60 páginas extraídas de un libro. Una de esas novelas condensadas me llamaba la atención. Se llamaba El día que perdió el PRI. Un nombre provocador.
¿Cuál era mi pensamiento político al entrar a la pubertad? No lo sé con exactitud. Sé que mis padres consumían todo este material de izquierda, y que leer durante años sátiras de Rius al Tío Sam, el PRI y la sociedad de consumo debió formar (o deformar) algunas zonas de mi cerebro. Rius ya criticaba el neoliberalismo en Los Agachados. El inminente desplome de la capa de ozono. El consumismo voraz de la clase media wanabí mexicana. La política intervencionista de los gringos. Rius era un tipo de avanzada. Yo era un chamaco sateluco.
Crecí en un entorno suburbano clasemediero. Las calles de Satélite a principios de los ochenta se encontraban mayormente vacías, con excepción de alguna trasnochada Wagoneer o Pacer o Caribe o LeBaron circulando con lentitud por ahí, o los críos en sus bicis o en sus patinetas. Satélite: tierra de skaters.
Las aguas de la Zona Azul. El Penny Land, un antro de arcade adentro de Plaza Satélite. Vivimos un tiempo en Circunvalación Poniente, cerca de la Maddox, la fábrica local de niñas bonitas. Siempre quise andar con una chica de la Maddox.
En Satélite los callejones estaban abiertos, aunque a mediados de la década comenzaron los asaltos y los cerraron. Le echaron la culpa a “los mariguanos”, pero la verdad es que la cosa era sana. Segura. Pegábamos pósters en nuestras recámaras. Coleccionábamos tarjetas Topps. Fumábamos mota, pero lo hacíamos con esa particular forma en que los chicos suburbanos lo hacen: sin la pasión trainspottera del yonqui, sin los estímulos de una ciudad vibrante y completa como el DF… fumar mota era aburrido y tan apasionante como volver a encender el Nintendo para otra partida de Duck Hunt. Un mero trámite. No que las adicciones no fueran un serio problema en Satélite… simplemente, no había motivaciones sólidas, si me entienden.
Los aburridos pubertos suburbanos habían visto hasta la saciedad The Warriors y aspiraban a tener su propia pandilla. Nada que ver con la realidad de los hoyos fonquis y los chavos banda, que en los 80 se volvieron un tema “de noticiero”. En Satélite ser pandillero era una especie de hobby. En el fraccionamiento La Florida, Naucalpan, había una pandilla de chicas que se hacía llamar Las Ruths. Una vez me persiguieron para asaltarme. Puras niñas de la zona (nunca me alcanzaron). Cuando Jacobo y Lolita Ayala empezaron a sacar auténticos chavos banda en la televisión en reportajes que los exhibían como “un problema de la sociedad”, la sensación era rara. Distante. ¿Qué tenían que ver esas personas que vivían en lugares lejanos al entorno suburbano? Nosotros queríamos nuestro MTV (cuyas transmisiones originalmente fueron prohibidas en México por la Primera Dama en 1981, doña Carmen Romano de López Portillo, quien consideraba que el canal de videos corrompía la moral de los jóvenes). Nosotros solo queríamos noticias de Tohui el osito panda de Chapultepec, o de los éxitos internacionales de Fernando Valenzuela o Hugo Sánchez. Nos obsesionaba discutir si habría una cuarta película de Star Wars. Marty McFly era LA ONDA.
No sabíamos nada de la guerra sucia. De Lucio Cabañas. De las atrocidades del gobierno. De los negocios oscuros de Pemex. De los excesos de los políticos, los sindicatos y los Elba Esther Gordillo originales, como Fidel Velázquez. Claro, éramos muy jóvenes. Pero nuestros padres tampoco parecían muy preocupados. Y la televisión: bueno, ahí todo era Disneylandia.
Parecía que los jóvenes suburbanos solo jugábamos. Quizá la razón era que no pasaba nada en Satélite. La inseguridad no era realmente un problema. Ni el tráfico. Ni siquiera las drogas. Nos preocupaba obtener buena fayuca, eso sí. Conseguir tenis Adidas originales. También nos preocupaba que subiera el dólar. Ya que mi familia materna era de Saltillo, Coahuila, las probabilidades de viajar a Laredo de compras dos o tres veces al año eran altas…
La política no era otro problema. El PRI manejaba el país. O quizá el PRI hacía como que gobernaba y nosotros hacíamos como que nos dejábamos gobernar. Robaban, sí, eso todos lo sabían, pero nadie se quejaba realmente. Los policías te asaltaban, pero aquello era mejor a que un verdadero maleante te quitara tu casa. O tu vida. O tu cabeza… las noticias eran una depravación al servicio del estado. Jacobo daba cuenta de los “logros” del gobierno en guiones cuidadosamente preparados por alguien en el partido en el poder. El PRI era una especie de big brother hipócrita que siempre se salía la suya. Como leí hoy: los priistas siempre saben cómo salirse con la suya, marearte con su verbo y caer parados. Ahora imaginen una maquinaria cimentada en esos “valores” metida 24/7 en el poder.
Las imágenes con la que uno crecía para entender el papel del Presidente de México eran La Silla (el símbolo máximo del poder), “El Tapado” (el sujeto designado por el presidente saliente para quedarse en el cargo) o aquel legendario diálogo: “¿Qué hora es?” — “La que usted quiera, señor Presidente”. El PRI era todo. Ubicuo. A prueba de fuego, grilla, lluvia, manifestaciones, periodicazos. El PRI era perfecto. La pax pri era indiscutible.
Yo no sabía nada de nada. Yo no estaba medianamente politizado. Todas aquellas revistas de Rius me habían hecho un cabronzuelo, sí, pero aquello no era exactamente un pensamiento o una postura política. No obstante, las lecturas de izquierda te vuelven crítico, inquisitivo, inconforme. Porque parece que la izquierda nunca estará destinada a ocupar el poder. No en México al menos. Mis padres se habían dejado llevar por el movimiento del 68, y si no fueron a la marcha en Tlatelolco fue porque mi hermano se enfermó ese 2 de octubre —yo aún no nacía.
Pero a mí en 1985 Tlatelolco me parecía un asunto de hueva infinita. No me identificaba. No me interesaba. Mis padres, tan rojillos ellos y tan preocupados por nuestra educación, tan enemigos de la Coca-Cola y “la caja idiota” en los setenta, habían comenzado a ceder. ¿Y cómo no hacerlo? Era preferible tener el refri lleno. Dinero para las colegiaturas. Leche, jamón y huevos. Todas esas ideas de Rius Frius se fueron congelando. Perdiendo a medida que avanzaron los años.
Pero siempre guardé en la memoria El día que perdió el PRI de Armando Ayala Anguiano (hoy la edición original se cotiza en 900 pesos en Mercado Libre).Nunca leí el libro, por supuesto. Ni la novela condensada. No: yo estaba metido en Asimov y Bradbury y Clarke, aunque ahora que lo pienso un libro publicado en 1976 con ese título era pura ciencia ficción. ¿Quién chingados iba a derrocar al PRI?
Nunca lo leí, no. Lo digo de nuevo. Pero tenía la mala costumbre de leer la última página de un libro. Nunca olvidé la última línea, de hecho: “Al otro día, comenzaron los disturbios”.
Disturbios. He ahí una palabra fuerte.
Cuando llegué a la universidad, en 1992, me gustaba la mota, el grunge, traer el pelo largo y cuestionar todo lo que tuviera que ver con Televisa. Pero no cuestionaba al PRI. Sospecho que el PRI trabajó desde 1968 para que la siguiente generación olvidara. Usó todos sus artilugios, todas sus trampas, toda su retórica para granjearse el olvido de la gente.
Y ahora cito The Lord of the Rings: “And some things that should not have been forgotten were lost. History became legend. Legend became myth…”
Ejem.
Veinte años después de que pasé por la universidad, han pasado algunas cosas. El PRI perdió la Presidencia y el proyecto de nación del PAN fracasó con rotundo éxito. Ahora el PRI amenaza con volver. Pero ahora los estudiantes saben. La gente sabe. Lo que yo no sé es si eso será suficiente.
Deseo en mi corazón que el PRI pierda este 1 de julio. Sí. Ojalá que este 1 de julio lo recordemos como el día que perdió el PRI.
I love Jane Austen. Love. And I think Pride and Prejudice is my favorite with Sense and Sensibility close behind.
“Fantastic Space Jockey”